Camino por una cuerda atada a dos árboles, a 10 metros del suelo de agujas de pino, sosteniendome con el agarre de mis manos a otra cuerda cuyo final no encuentro. La textura de la soga me raspa la piel. Los callos se me han hecho duros y ya no duelen. Sigo feliz estando a la altura de un pájaro, intento olvidarme de la posible caída porque para nada está en mis planes perder el equilibrio.
Sigo sin saber cómo exprimir más el tiempo. Las dimensiones de nuestra vida son cuerdas que nosotros amarramos donde nos parezca. Estamos entrelazados en la maraña de los senderos sin control, como fusiles que nos presionan para seguir activos, sin opción de frenar en ningún momento. No hay forma, no hay forma de parar el tiempo.
Es un mundo abierto en el que me pierdo. Siempre hay algo en lo que pensar. Me distraigo en la complejidad. Me falta otra vida.
Hay acúmulos de cadenas enredadas que no hacen más que tensarse en mi cuerpo, me aplastan las costillas, me dejan los músculos doloridos, los miembros sin sangre, el alma sin aire. Cómo luchar contra algo que ya existía antes de ti, antes del universo. Somos insignificates y se nos queda grande el paso de las horas, una mente tan espaciada no puede simplificarse en un minuto.
En un abrir y cerrar de ojos estoy ahora de ruta por las piedras de un asteroide.El negro me invade los ojos, la nada gira mareando mi encéfalo. No puedo tocar lo que no está.
Que es normal estar así después de tanto tiempo a matacaballo persiguiendo un único sueño. Necesito otra vida sólo para seguir sintiendo todo el amor que guardo por tantos simples detalles de mi existencia, cosas grandes que me llenan el alma. A veces simplemente quiero descarsar en el olimpo de los dioses, recibiendo el rayo de sol de la esperanza.
Nacemos para vivir, no para producir.